Del sentimiento a la sensibilidad

Oscar y Valeria, una historia de migración.

padre e hija

       La imagen de Oscar y Valeria, muertos, flotando sobre el río fronterizo entre Estados Unidos y México, es un dardo cargado de sentimientos a nuestras conciencias, a nuestras sensibilidades. Quedan rasgos indelebles de la desesperación y el amor. Colocada desesperadamente Valeria dentro de la camisa de Oscar, nos narra la búsqueda de mantenerse con vida y de no perder a su pequeña. Falta en la fotografía Tania, la madre aún viva que ha presenciado como el río le arrebató a su hija y a su esposo.

       El dardo sentimental puede quedarse en eso, en sólo una descarga de sentimientos de tristeza que nos sacuden y se agregan a expresiones de indignación digital, que inundarán las redes sociales en los próximos días para perderse en el baúl de la «big data».

        La foto duele, y hay que mirarla con detalle, sin miedo y sin morbo, pero sí con el deseo de darle voz a Oscar, a Valeria y a Tania, y en ellos escuchar la voz de Dios ante la realidad urgente de los migrantes, que cada uno tienen nombre e historia.

        Oscar y Valeria son la concreción de una tragedia antigua. Son muchas y muchos los que han muerto ahogados, deshidratados, abandonados en el desierto. La tragedia desgraciadamente no comienza aquí ni se acaba aquí. Pero nuestra relación y reacción personal sí que puede ser distinta a partir de aquí.

        Oscar y Valeria no son la imagen del salvadoreño peligro para México que se  propaga en las redes sociales; Oscar era un cocinero, esposo y padre de familia. ¿Qué contexto de su hogar le habrá obligado a escapar con tanta desesperación? ¿De qué infierno rescataba a Valeria?

 La historia y la política salvadoreña tiene una responsabilidad en la tragedia y una gran tarea. familia salvadoreña

        No han faltado las publicaciones que señalan como único culpable al presidente de los Estados Unidos. Responsabilidad política y personal, creo que la tiene, sus discursos llenos de odio y de violencia, su autorreferencialidad y soberbia que encuentra acogida incluso entre mexicanos, están empapando estos cuerpos. Pero no es Trump el único ni el mayor responsable.

        ¿México responsable? En los últimos días, el tema de la migración está sobre la mesa de México. Por un lado la humillación de ser sometidos por el vecino de norte para ser su policía y por otro lado nuestra propia responsabilidad. Se pensó, según yo, que bastaba con cambiar el discursos, así se abrieron las puertas a un flujo migratoria desorganizado y mediatizado más de lo común. Asumir los compromisos frente a la migración implica muchos recursos, diálogo, inteligencia, orden, cooperación y creatividad. Esto parece que no abunda, no sólo en el gobierno mexicano, sino también entre muchos agentes involucrados en la respuesta a la realidad del aumento del flujo migratorio a través de México y al nueva situación de «refugio» que está aconteciendo en el norte.

        La lista de responsabilidades y búsqueda de responsables la podemos extender, pero creo que no servirá de mucho.  Urge comenzar por tomar prestado el espejo de la mano de la prudencia, y nosotros, ciudadanos sin mucha posibilidad de impacto a gran escala, mirarnos en él, asumir la posibilidad de comenzar el cambio en nosotros. Sí, un cambio de posición, de discurso y de relación con esta realidad objetivada en los cuerpos de Oscar y Valeria flotando sobre el río.

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La virtud prudencia

       Los cristianos estamos llamados, desde la caridad a mirar la realidad de estas personas. Hay que dar un paso atrás de la tentación de pensar que son números, problemas, ajenos.  

        Para afinar nuestra mirada a nosotros mismos, puede ayudar preguntarnos:

       ¿Quién soy?, ¿cuál es mi discurso sobre los migrantes y los refugiados? ¿qué relación tengo con la migración? ¿qué me dice hoy Dios a través de Oscar y Valeria, de Tania? ¿a qué me siento invitado, invitada?

        Quien se mira en el espejo, sin tener el horizonte de la justicia, esto es el comprometerse, procurar y darse cuanta de la relación con la vida de los demás, no es prudente, es un narcisista. El prudente busca la justicia y el justo es prudente. 

        Pasemos pues del sentimiento a la sensibilidad y hagamos el compromiso de operar el cambio, primero el más accesible, el cambio de mi mismo.  Que el amor sea mayor que el miedo y la creatividad mayor que la miseria.

@hernan_quezada

 

Ayunar o no ayunar

Ayunar o no ayunar

Un amigo de las redes sociales, me ha planteado sus inquietudes sobre el tema del ayuno en torno a este tiempo de la Cuaresma. Me señaló lo confuso que es leer en las redes sociales invitaciones a una gran variedad de opciones de ayuno, algunas incluso opuestas. Entre lo que nos encontramos sobre el tema, como propuesta de ayuno de Cuaresma podemos destacar:

  1. Quitar el alimento, a pan y agua (incluso con poco pan y poca agua).
  2. Con que no comas carne roja los viernes de Cuaresma es suficiente para cumplir la prescripción.
  3. Come todo lo que quieras pero private de criticar a tu hermano, de hacer cosas malas, de exagerar tus tiempos en las redes sociales, etc.
  4. Private de algo que te gusta mucho, aunque no sea malo, por ejemplo ver tus series favoritas, hacer deporte, comer chocolates.
  5. Ignora este tema del ayuno, no importa, da totalmente lo mismo.
  6. ¡Ayuna, pero de redes sociales!

La lista puede continuar, la creatividad y la información no sólo es abundante, sino variada, e incluso, podríamos decir opuesta entre sí.

Si vamos a nuestros libros sagrados, encontramos lo mismo, muchas descripciones de lo que es el ayuno y también nos van a parecer algunas incluso enfrentadas. Basta recordar las lecturas de este miércoles de ceniza:

«Toquen la trompeta en Sión, promulguen un ayuno» (Joel 2,12.18) y «Cuando ayunen no pongan cara triste… que no sepa la gente que estás ayunando«( Mt. 6, 1-6. 16-18) Entonces, ¿Con trompetas o sin trompetas?

¿Entonces?

Podemos considerar para pensar juntos el tema, lo siguiente:

  1. ¿El ayuno consiste en privarnos de hacer el mal (incluso a nosotros mismos)? Privarnos de hacer el mal es algo que debemos de hacer no sólo en Cuaresma, sino todo el año. ¿No creen?. Lo mismo aplicaría en el quitar de nuestra vida las cosas que me hacen mal, los excesos, los vicios, etc.  Dejar de hacer(nos) el mal es imperativo de todo ser humano y de todo cristiano.
  2. Lo que no hace mal o no me hace mal, entonces, es una cosa buena, es un bien.  ¿Por qué o para qué estaríamos llamados a quitarnos un bien de nuestra vida?
  3. Pero, ¿Estamos llamados o no al ayuno en esta Cuaresma? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene? ¿Tiene sentido «privarnos», «quitar», «renunciar» en la Cuaresma?

En el llamado al ayuno, no hay duda, los creyentes, los fieles católicos estamos llamados al ayuno en la Cuaresma. 

Todos somos llamados por nuestro Creador a una vida buena, a una vida plena, feliz. Sabemos que queremos ir hacia Dios, viviendo una vida buena. Y para llegar, hay que ponernos en movimiento, se trata de un «ir» y no de un «estar ya».

Siempre, porque somos humanos, solemos errar la ruta, vamos demasiado a prisa, demasiado lento. No pocas veces nos distraemos entre muchas cosas, incluso con nosotros mismos. Dejamos de mirar el horizonte y no pocas veces clavamos la mirada incluso en nuestro propio ombligo, y así seguimos. Si no nos detenemos, si no miramos de nuevo hacia el horizonte al que somos llamados es posible que tropecemos, que guiemos nuestros pasos poco a poco, o con mucha prisa a un desfiladero.

La Cuaresma es ese tiempo en que somos llamados a detenernos, a regresar.

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Somos llamados a dejar de distraernos. Todo lo que se convierte en ceniza es perecedero, incluso yo. Todo lo perecedero es medio y no fin. Esto lo hemos recordado el miércoles de ceniza.

 ¿A dónde vas? ¿A qué vas? ¿En dónde estás?

La Cuaresma es un tiempo de silencio fecundo, ¡De ayuno!, ¡sí!, de quitar, de apagar, de tirar, de dejar. Hay cosas a las que simplemente hay que bajar el volumen porque no nos permiten escuchar. Hay otras que nos damos cuenta nos están pesando y no nos sirven, en algún momento de la ruta las recogimos pero no sirven, esas hay que abandonar.

Así, el ayuno en la Cuaresma no trata de privaciones y propósitos, se trata de detenernos y regresar. Sí, regresar, regresar a lo que Dios quiere, a lo que Dios nos llama (Isaías 58):

  • A la piedad.
  • A liberar a los oprimidos, a romper todo yugo.
  • A compartir, especialmente con los más pobres.

La ruta que nos propone es:

  • Quita de tu espalda el yugo ¿Qué te impide vivir en libertad plena, de pie?
  • Deja de alzar tu dedo para amenazar y juzgar con iniquidad ¿A quién estás apuntado últimamente con tus juicios?
  • Ofrécete a los demás. Se buen alimento para los que están cerca de ti.

La promesa que nos hace es:

  • Saciedad
  • Vigor
  • Re-construcción sobre nuestras propias ruinas
  • Deleite en el Señor.

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Este es el horizonte de la Cuaresma: Regresar. regresar al encuentro con el Resucitado, para reforzarnos de la certeza que es ES con nosotros, que su Espíritu nos habita.

Y, entonces. ¿El ayuno?  No se trata de privarnos del mal y de lo malo sólo en este tiempo, sino que mirando de nuevo el horizonte, escuchado la llamada de Dios, quitamos lo malo y el mal para siempre. Vamos renovados, ¡Regresamos!

Y, ¿Quitar las cosas buenas? Tanto cuanto, nos ayuden a detenernos, a darnos cuenta. Por ejemplo, yo me doy cuenta que hace mucho que no me importa el «hambre» en el mundo, Entonces, sutilmente, en silencio, hago el signo de privarme en solidaridad con los hambrientos y compartir con ellos, para pedir junto con ellos a Dios que me refuerce mi compasión, mi deseo de ser alimento. Tanto cuanto sea un signo interno, sutil, secreto, personal y sobre todo con sentido respecto a este DETENERME y REGRESAR, será cosa buena.

Que esta Cuaresma no sea tiempo de privación, sino de conversión. Que no sea tiempo de promesas, sino de retorno y encuentro.

Sabemos que muy probablemente el próximo año estaremos en las mismas condiciones, necesitados de detenernos y regresar. Pero Dios lo sabe, y por eso ha querido ser con nosotros en este ir en y al Encuentro.

 

 

 

El Sinodo «de la posibilidad»

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El sínodo de «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional«, llega en un contexto especial de nuestra Iglesia. Un contexto de escándalos y división, pero también en el contexto de un Papa que se «da cuenta», un Papa que discierne y nos llama a discernir.

No faltan las voces que llamarón a la cancelación de este Sínodo. Otras voces han apuntado a una posible «inutilidad» de éste. Yo soy de las voces que consideran que estamos ante el sínodo de la «posibilidad».

El sínodo de la posibilidad

El sínodo en su nombre contiene una palabra en crisis: «la fe«. La abrazan dos asuntos que esbozan futuro: los jóvenes y el discernimiento vocacional. Sí, sin jóvenes no hay futuro, y sin juventud, la iglesia, no tendrá futuro. Cuando digo juventud de la Iglesia, no me refiero a que esté repleta de gente joven, sino a ser una iglesia llena de juventud, caracterizada por la fuerza y la audacia. Si perdemos la juventud, perdemos el entusiasmo y nos convertimos en una institución encerrada en una falsa seguridad mundana (Intrumentum Laboris, 77).

No hace mucho, escribía, que creo que Dios sigue llamando a ir con él, no deja de llamar, y en ese sentido no estamos ante una crisis de vocaciones,  siempre habrá en todos nosotros «vocación», sentido, invitación. Lo que hoy experimentamos, desde mi percepción, es una crisis de vocación.

Nuestra vocación, nuestra identidad, nuestro sentido, nuestra fe la que se encuentra en crisis. Ante la «crisis de vocación» es urgente el discernimiento vocacional, no sólo en los jóvenes, sino en toda la Iglesia. Importante reafirmar quiénes somos y qué queremos, a quién es Ese al que hemos elegido seguir.

En esta crisis, los jóvenes tienen mucho que decirnos y aquí nos plantamos ante un gran desafío para este sínodo y para toda la Iglesia: Escuchar

Escuchar

Con una metodología novedosa, este sínodo recoge la voz de jóvenes de muchas partes del mundo, jóvenes católicos en su mayoría, pero también jóvenes no católicos y no creyentes.

El Instrumentum laboris, nos deja claro que la propuesta es la de escuchar. Para que esto suceda, se ha esbozado una ruta de discernimiento que consiste en reconocer, interpretar y elegir (IL, 3).  Pero nada ira adelante, si los participantes del sínodo mantienen sus oídos cerrados a lo que han expresado los jóvenes, o si optan por distorsionar, suavizar ó manipular la palabra que hoy dirigen los jóvenes a la Iglesia.

La palabra de los jóvenes que recoge el IL que es clara e interpelante.  Es cierto que para muchos jóvenes hemos dejado de ser pertinentes,  muchos otros claman por nuevos modos de ser incluidos, participar y construir en Iglesia.  Al final, los jóvenes nos dicen que están aquí y tienen interés en la Iglesia. Esa es una buena noticia.

«Queremos una Iglesia que abra paso a involucrarnos en las actividades pastorales y nos permita crear, no solo reproducir lo ya establecido». (Vídeo)

Discernir

¿Para qué?. Esto es muy importante subrayar y tener presente a lo largo de este sínodo. El sentido de este reconocer, interpretar y elegir, NO debe ser para atraer de nuevo a los jóvenes a nuestros templos, sino para abrirnos a la escucha del Espíritu en la voz de los jóvenes. ¿Qué nos dice Dios a través de ellos?

 

Si creemos que Sínodo será la respuesta al vaciamiento de nuestras iglesias, será un error catastrófico.

Para la Iglesia buscar la voz de Dios y recobrar juventud en y con los jóvenes será la posibilidad. 

#Sinodo2018

 

La necesaria «Voluntad Anticipada»

La necesaria «Voluntad Anticipada»

Hace unos pocos días, Olga Sánchez Cordero, futura senadora y virtual secretaria de gobernación en el futuro gobierno de Andrés Manuel López Obrador, en una entrevista bastante informal afirmo:  «Vamos a promover la ley de voluntad anticipada… (vamos a promover) el derecho humano a la muerte digna, a morir con dignidad». Vídeo

Esta declaración ha provocado reacciones en redes sociales, la mayoría de las veces negativas, mostrando aversión y escándalo ante lo propuesto por la ex ministra de la suprema corte.   Me abstengo de citar algunos medios de comunicación para no hacer difusión de su publicación sesgada, que han denotado o una gran ignorancia, o un deseo de manipulación de la sensibilidad cristiana, o ambas.  Lo anterior me lleva a compartir estas letras con ustedes.

Primero, no es lo mismo «voluntad anticipada» que «eutanasia», «suicidio asistido» o «muerte digna».

Para poder referirnos a «muerte digna» es necesaria la correcta comprensión del término y separarnos del término «eutanasia».

La «muerte digna» es todo un tema de debate ético, pues se entiende, en un sentido, como el garantizar el acceso a todo lo humanamente necesario para morir bien, o diría yo, para vivir bien hasta el último minuto, por ejemplo: medicamentos, cuidados, cercanía de los familiares, acompañamiento espiritual y evitar el abuso de tratamientos que pueden prolongar la vida pero también el dolor y el sufrimiento del enfermo y la familia, en detrimento de la dignidad de la persona, de la vida digna.

Existe una corriente que afirma que el «derecho a la muerte digna» tiene que ver con poder elegir el momento y la forma en que se quiere morir. Yo no comparto este punto de vista.

Ya en sí, el tema «muerte digna» encarna un debate importante y demanda una reflexión  profunda e integral sobre el tema. 

Volvamos al tema «eutanasia«. Esta es en realidad una bella palabra: que etimológicamente significa: buena muerte. Pero el debate y el problema consiste en definir qué es una «buena muerte», quiénes son acreditados para considerar una «buena o mala muerte», el derecho de cada uno a la comprensión de la «buena muerte». En medio de todo esto han aparecido nuevas palabras como la «distanasia» que se separa del término eutanasia y se refiere al tratamiento médico desproporcionado que prolonga el sufrimiento de los enfermos.

Como podemos darnos cuenta, el asunto de los términos es todo un punto complicado, y demanda de nosotros mucho conocimiento y reflexión. Pero no es mi objetivo este humilde texto. Ahora me centro en lo que ha dicho Olga Sanchez Cordero: Ley de voluntad anticipada

No pocas veces he sido testigo del «encarnizamiento terapéutico» en algunos hospitales, sobre todo en los privados.  Esto se refiere a una persona que sufre un padecimiento que le deja incapacitado para decidir hasta dónde llegar con tratamientos y procedimientos que no van a devolverle la salud, o al menos mantener la vida con ciertas condiciones «dignas».  Los médicos van ejecutando y ejecutando acciones y procedimientos que prolongan la vida, incomunican al enfermo agónico de sus seres queridos, agotan a la familia y provocan grandes deudas económicas que afectarán también la calidad de vida de los familiares.

Hay procedimientos muy controvertidos que no son fáciles de revertir. Una vez que una persona es conectada a un respirador, no será nada simple desconectarlo. Por ejemplo.

¿Qué dice la ley de la Ciudad de México sobre «voluntad anticipada»?

«La Voluntad Anticipada es la decisión que toma una persona de ser sometida o no a medios, tratamientos o procedimientos médicos que pretendan prolongar su vida cuando se encuentre en etapa terminal y, por razones médicas, sea imposible mantenerla de forma natural, protegiendo en todo momento la dignidad de la persona (Art. 1 de la Ley de Voluntad Anticipada para el Distrito Federal). La Voluntad Anticipada favorece la atención paliativa y los cuidados al final de la vida, el énfasis está en el acompañamiento del paciente durante esta etapa de su vida. No prolonga ni acorta la vida, respeta el momento natural de la muerte.» 1

Ante este debate podemos preguntarnos: ¿Qué tipo de procedimientos estaría yo de acuerdo que me practicaran? ¿Me gustaría morir solo en una habitación de terapia intensiva o morir rodeado de mis seres queridos ante mi ya inminente muerte? ¿Aceptaría con una función cardiaca del 15% ser sometido a un proceso de hemodiálisis? ¿En qué momento me gustaría que mis familiares paren los medios extra-ordinarios (no me van a curar, sólo prolongan mi vida? ¿Quién quiero que decida por mí en caso de perder la conciencia?  Estos son puntos que uno plasma, entre otros, en una «voluntad anticipada».

Hoy la «voluntad anticipada» no tiene carácter legal en algunos estados del país. Y son los profesionales de la salud los que comienzan a tomar las decisiones, incluso en lugar de la familia.

Con lo anterior sintetizo:

  1. Necesitamos una ley de voluntad anticipada en México.
  2. Necesitamos dejar en claro que se entiende como «muerte digna».
  3. No debemos confundirnos con la eutanasia.
  4. No hagamos reflexiones superficiales y obtengamos conclusiones vanas.
  5. Tengamos la cabeza bien abierta e informada para entender y participar de este debate.
  6. Comencemos a preguntarnos sobre este tema ante un escenario hipotético en el que podríamos llegar a estar.
  7. Debemos participar activa e informadamente de las propuestas que se hagan en términos legislativos. ¡Más propuestas de nuestra parte!

 

Sugiero leer el siguiente texto:

Etica y muerte digna: propuesta de consenso sobre un uso correcto de las palabras

 

Nuestra implicación moral ante las «fake news»

Nuestra implicación moral ante las «fake news»

Retomo las letras en mi blog para abordar uno de los temas más sonados en los últimos días: Fake news

Las Fake news son noticias falsas. El objetivo de éstas es manipular nuestras percepciones sobre una persona, proyecto o acción.  Parece tomar peso aquello de: di una mentira, repítela muchas veces y terminará convertida en una «verdad».

Las redes sociales como Facebook,  twitter y WhatsApp entre otras, nos han convertido en sujeto activo de la estrategia fake news. Quizás hace unos años ante lo que se nos presentaba en televisión, radio o prensa, nuestro rol era sólo de receptores. Algunas pocas noticias llamaban nuestra atención y las difundíamos de manera verbal señalando con mucha contundencia la fuente de ésta: Un reportero, un canal televisivo, la opinión de tal o cual.

Las fake news parecen brotar de la nada, aparecen en nuestras redes sociales muchas veces anónimas. Producciones «virales» de mentiras corren por el mundo virtual sin dueño, sin responsable. Pero tienen objetivo, y éste no es moral.

Las noticias falsas sintonizan con nuestras filias y nuestras fobias, con nuestros miedos y nuestros deseos. Apuntan al nivel más inconsciente de nuestra psique y nuestros afectos. Drogados por la atracción inconsciente damos click a un «me gusta» o a «compartir«. Algunos hasta se atreven a comentar algo sobre lo que ha hecho blanco en sus pasiones. Estas acciones nos vuelven parte del objetivo: promover la mentira.

Los cristianos (todos los seres humanos ) estamos llamados a procurar la verdad, no «mi verdad», sino la Verdad que nos hace libres. Consideramos a la mentira un pecado, pues justamente es lo contrario a la verdad.

¿Qué tanta implicación moral tiene un click en una red social? Mucho, implica volvernos sujetos activos de la búsqueda de la verdad o de la difusión de la mentira, morales o inmorales.

Ante el mar de información necesitamos detenernos, mirar con responsabilidad y compromiso con la verdad. Para ello es necesario darnos cuenta de nuestras filias y fobias, comprometernos con la verdad y darnos cuenta de la tarea cristiana del discernimiento.

Discernir la información que recibimos y nuestra acción ante ésta es una obligación moral. Para ello puede ayudarnos:

  1. Tener claro quién lo dice (duda de toda publicación sin responsable)
  2. ¿Cuáles son sus fuentes?
  3. ¿Qué siento? Es muy importante darnos cuenta del sentimiento que nos provoca lo que tenemos frente. Qué cola tiene: me deja excitado y turbado, o me deja con paz, con tranquilidad. (No pocas veces borramos algo que publicamos cuando sentimos intranquilidad, incomodidad).
  4. ¿Qué pienso que tiene como intencionalidad la publicación? ¿Qué me hace pensar?.
  5. Finalmente: Cuál es la invitación de fondo que recibo ante esta publicación. ¿Para qué la voy a difundir?

Es importante acompañar toda publicación que replicamos con una reflexión propia. Eso de algún modo enriquece y nos implica. Nos hace darnos cuenta y actuar con más responsabilidad.

La mentira es un pecado, difundir mentiras nos degrada. Comprometernos con la verdad es una acción moral urgente que ayudará a erradicar la violencia y a construir la justicia y la paz.

 

 

 

Crisis de vocaciones, crisis de vocación

Crisis de vocaciones, crisis de vocación

En los últimos 10 años mi acción apostólica ha estado ligada a la juventud, la promoción vocacional y al prenoviciado de los jesuitas en México. Desde esta encomienda he estado con aquellos y aquellas que compartía esta misión de trabajo con jóvenes y vocaciones.

A lo largo de estos años, ha sido recurrente escuchar sobre la «crisis de vocaciones» ¿Cuántos? ¿Qué vamos a hacer ante la disminución? ¿Hay futuro para esta vocación? (vida religiosa y sacerdocio).

La Compañía de Jesús en México de algún modo parecíamos muy poco afectados por el problema (concerniente a los números), ante la pregunta: ¿Tienen vocaciones?, solía responder -sí, gracias a Dios tenemos vocaciones. Esto de algún modo es así, cada año siguen llegando cientos de jóvenes con inquietud vocacional o inquietud de conocer quiénes somos y qué hacemos los jesuitas. Pero el número de los que se vuelven jesuitas y se mantienen jesuitas ha decrecido.

¿Crisis de vocaciones? 

Hablar de una crisis de vocaciones debido al número de éstas, me parece un referente erróneo.  Sin embargo, sí creo que hay una crisis, pero una crisis de vocación, y con ello me refiero a la consistencia de ésta, al contenido, al fondo, al modo de expresarse y mostrarse. Pero también me refiero a las características del sujeto que se dispone a vivir tal o cal vocación.  Es un asunto más cualitativo que cuantitativo.

Tenemos que reconocer, que la disminución en números tiene su impacto, pero no creo que sea tan fundamental como el de la crisis de la vocación.

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Las y los jóvenes siguen buscando, en esta búsqueda sienten «inquietud» por conocer qué es la vida religiosa o vida consagrada. Los referentes de otros estados de vida suelen ser más accesibles a su conocimiento que éste, el nuestro no tanto, por ello investigan y nos contactan a través de las redes sociales y el internet.

Buscar es propio de la juventud, y en sus búsquedas van tratando de hacer conscientes sus deseos. Los jóvenes desean, siempre seguirán deseando, su búsqueda tiene que ver con elegir cómo, cuándo y dónde realizarán estos deseos.

La inquietud vocacional queda enmarcada, desde mi punto de vista, en esta búsqueda de los grandes deseos, o podríamos decir del deseo más profundo; de este modo hay siempre jóvenes buscando, y creo que Dios siempre está llamando a éstos jóvenes a través de sus deseos más profundos a plenificar la vida, no sólo la propia, sino la de toda la creación.

Acompañar la inquietud vocacional consiste en acompañar a la juventud en sus preguntas vocacionales: ¿Quién soy? ¿qué quiero? ¿a dónde voy y a qué?, en este sentido en los últimos años he sido testigo de un aumento de jóvenes presentes en las ofertas que hacemos para acompañar estas preguntas: Ejercicios Espirituales, Voluntariado, Mochilazo Jesuita, etc. Creo que ven en nosotros a sujetos confiables para acompañar sus búsquedas. Aunque también es cierto, que cada vez son más los jóvenes para los que la Iglesia no es un referente de diálogo y confianza.

Pero, qué pasa cuándo afirmo que el número de jóvenes preguntándose está en aumento, pero el número de jóvenes eligiendo está disminuyendo. Quiero subrayar que cuando digo eligiendo, me refiero a elegir cualquier vocación, estado de vida o proyecto de vida trascendente y permanente.

Por lo anterior me atrevo a subrayar que para mi existe una crisis, más que de «vocaciones» de vocación. Una crisis en ellos (los jóvenes) y en nosotros (sacerdotes, religiosos, casados, laicos comprometidos) , en lo que respecta a elegir y mantener la elección.

Crisis de vocación

He dicho que las y los jóvenes están buscando, pero hoy como nunca antes, tienen muchas «opciones» (cosas entre qué elegir) y ello les coloca en una dificultad para elegir y elegir bien.

Dificultad para elegir y mantener la elección (la crisis de ellos)

La aparentes opciones (cosas, personas, proyectos, experiencias, etc) sobre-abundan en el mundo. Los jóvenes quieren hacer buenas elecciones y sienten la necesidad de conocer las opciones, pero conocer las TANTAS opciones, les coloca en una carrera desenfrenada contra reloj y la elección se posterga. Hay tanto entre qué elegir que los primeros 20 años de vida ya no alcanzan, ahora se requieren 30, 35, 40 y más años para conocer y reconocer las opciones, para elegir.

Elegir es un desafío constituido desde mi punto de vista en dos factores: necesidad de certeza y miedo a la renuncia. Parece ser que tenemos un pánico a equivocarnos más que nunca, quizás el contexto precario (trabajo, oportunidades, etc) en que vive la juventud actual les hace desear no equivocarse. Pero ¿cómo podemos garantizar las elecciones? ¿cómo tener certezas? La necesidad de certeza se expresa en acariciar una y otra vez las opciones, volver y volver a cada una de éstas buscando cerciorarse con todos los aspectos posibles a considerarse en la elección.

Elegir implica renunciar, y renunciar suena hoy muy mal. Elegir esto y no aquello parece poner a temblar a los jóvenes. Escuchar detrás de sí que la puerta que se ha cruzado se cierra, parece un sonido terrorífico. Ante este pánico suele ponerse el píe detrás, para que la puerta no se cierre, pero con ello se queda muy limitado para avanzar.

También me viene a la mente la idea del bloque de mármol que puede ser cualquier cosa, una vez que el escultor ha dado el primer golpe con su cincel, ya no será todo, sólo será algo. Hay miedo a dejar de ser, a renunciar a tantas opciones, sin embargo se corre el riesgo de poder ser todo y no ser finalmente nada mas que un bloque amorfo.

Hay sin duda los atrevidos que eligen, pero pareciera que la tentación de regresar a la posibilidad del «todo» o regresar a acariciar «las renuncias», aparecen con gran intensidad a lo largo de la vida en cualquier vocación. Ya soy esto o aquello, pero por qué no habría de intentar ser algo que ya había dejado atrás, o a retomar algo a lo que ya había renunciado. ¿Qué nos hace mantener nuestras elecciones?

La consistencia es lo que nos permite permanecer, ¿Podemos ser consistentes en este mundo tan líquido? Necesitamos siempre beber del pozo de la consistencia, un pozo que está alimentado por nuestra propia historia y la historia de los que amamos y están cerca de nosotros. Nuestra consistencia la absorbemos de lo que es consistente, necesitamos de ayudas firmes para sostenernos cuando las corrientes líquidas parecen arrastrarnos.

Un cristianismo consistente, firme (no rígido) es fundamental para mantener la vocación cristiana en cualquier expresión. Lo mismo es demandado de nuestra espiritualidad, necesitamos una vida espiritual sólida (no rígida).

Evidenciar y alimentar el «pozo de lo consistente» del cuál beberán los jóvenes toda su vida es una tarea de nuestro acompañamiento vocacional. Fortalecer la valentía para dar pasos sin miedo lo logramos mostrando lo sólido de nuestra propia vocación.

La crisis de la vocación nuestra.

¿Qué nos hace religiosos? ¿Qué nos hace consistentes? ¿En qué consiste lo sólido de nuestra vocación? ¿Por qué NO da lo mismo ser religiosa, religioso, sacerdote que un buen laico comprometido?

En no pocas ocasiones, jóvenes con inquietud vocacional me han interpelado: ¿Qué de distinto tiene la vocación religiosa de las otras vocaciones? A los ojos de los jóvenes podemos parecer trabajadores muy ocupados, empresarios exitosos, activistas sociales, dispensadores de atención y servicios, solteros que comparten casa. No tiene nada malo la lista anterior, pero qué nos hace ser lo que somos.  Sí no expresamos con claridad lo consistente de nuestra vocación, de nuestro cristianismo, no seremos atractivos para la juventud. 

Ser o parecer

Muchas veces me he sentido orgulloso de «no parecer padre». ¿Por qué me asusta parecerlo?  La imagen de «ser padre» parece ligarse con una personalidad rígida, retraída, «rara», un poco «simpaticona» que raya en lo cursi o infantil, se entiende como algo de «fuera de este mundo» (¿marciano?). Sin duda,  yo no quiero luego entonces «parecer padre», pero ante los ojos de los jóvenes puedo llegar a pasar demasiado desapercibido en mi identidad de religioso si no expreso lo que sí me constituye.

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No quiero ni siquiera acercarme a proponer como solución, para mostrar quiénes somos y qué somos, el camino de la rigidez o la vuelta de pomposidades obsoletas (a mis ojos).  No se trata de parecer, sino de mostrar lo sólido de nuestra vocación.

Pero vuelvo a la pregunta complicada: ¿Qué nos hace religiosos? ¿En qué radica nuestra consistencia de vocación? Hay respuestas, sin duda que tenemos respuestas, no dudo que hay consistencia vocacional, pero ¿cómo la expresamos?

Los jóvenes de hoy miran, se dejan impactar por lo que ven, por lo que escuchan, pero más que nada, exigen  que lo que ven y escuchan coincida con lo que encuentran en nuestra vida, la coherencia es un signo claro de consistencia.

Considero urgente que reflexionemos y objetivemos lo más sólido de nuestra vocación, y cómo es que lo expresamos. Es urgente también reconocer las incongruencias y lo que podemos estar proyectando a la juventud aún sin darnos cuenta, para bien o para mal.

No vamos a atraer jóvenes desde comunidades poco hospitalarias, desde agendas apretadas que impiden que seamos gente dispuesta a escuchar. No despertaremos curiosidad con nuestra vida aparentemente poco austera.

La vida religiosa o el sacerdocio no es lo mismo, ni puede proyectarse ni vivirse igual que en el siglo XVI, ni como se vivió en los inicios del siglo XX. Pero tampoco puede vivirse y transmitirse como en los 70s y los 90s. Nuestro modo en lo profundo subsiste, pero la expresión de esa dimensión más profunda y consistente me atrevo a aseverar que está en crisis. ¿Cómo somos religiosos, religiosas y sacerdotes en el siglo XXI? Los jóvenes no esperan vernos como ellos ni como a sus padres, buscan encontrar en nosotros algo diferente, propio y consistente.

Creo que la vida religiosa (y cualquier vocación cristiana) en el siglo XXI no irá a caballo, con vítores y multitudes. Será tiempo de ir a píe, en silencio, en grupos menos abundantes, pero con paso firme. Quien se siente atraído sin descubrirse llamado, «primereado», llevado por Jesús, no se sostendrá en su vocación.  

Es quizás tiempo de librarnos del miedo a los números y el sueño de la gloria mundana. Nada más peligroso que creer que la crisis radica en el número de vocaciones, eso nos puede llevar a querer retener o fabricar «vocaciones», eso sería catastrófico para nuestra vocación y para la Iglesia.

Alcanzo a intuir que la vocación religiosa si pierde libertad pierde sentido, pierde atractivo.  Centrarnos en rescatarnos, en seguir haciendo lo mismo con menos activos es un veneno letal. Difundir un discurso resignado ante nuestra ya «poca pertinencia» y prepararnos para ser menos y hacer menos no atraerá a ningún joven ni hoy ni en el futuro.

Tampoco funciona un discurso triunfalista e ingenuo que intente no reconocer o minimizar la crisis que vivimos.

Reconocer la crisis de vocación (religiosa, sacerdotal y toda vocación cristiana) no tiene que desanimarnos, sino motivarnos a orar, reflexionar y actuar confiados en Dios, pero haciéndonos cargo de este desafío.

La «crisis de vocación» puede llevarnos a reconocer la vida y las obras que miles de religiosos, religiosas, sacerdotes, matrimonios, laicos comprometidos ofrendan en pro de la misión de Dios.

Las crisis posibilitan, hacer como que no pasa nada o llenarnos de miedo sería el fin para la vocación, que yo intuyo Dios quiere,  pero quizás ya no así. Será tiempo de mirar el campo, recoger (compartir) el trigo y tirar al fuego la cizaña.

@hernan_quezada

 

 

 

 

La curiosidad mató al gato.. y a mí, me hizo jesuita.

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Pensar la vocación de los sacerdotes, de religiosos y religiosas, muy frecuentemente es ligado a imaginarios que refieren una especie de llamado a ser alguien «especial», un llamado a ser más santo, más bueno, más puro. Pareciera que hemos sido elegidos para ser un poco “raros”, distantes y que este llamado se da a través de momentos angelicales con tintes un poco cursis.

A propósito de este día “Jesús sumo sacerdote”, en que estoy recibiendo felicitaciones por ser sacerdote (mismas que agradezco infinitamente), he querido compartir el cómo entiendo, desde mi experiencia personal, este asunto del “llamado”, en mi caso a la vida religiosa sacerdotal. (pero aplica para todo estado de vida al que somos llamados).

La vocación de Moisés (Ex. 3, 1-12) es la que mejor me permite expresar mi propia versión del “llamado”.

  1. La curiosidad mató al gato… Espíritu de investigador

Moisés mira que algo «raro» sucede en su entorno: Una zarza arde y no se consume. «Voy a acercarme para ver este extraño caso». En lo cotidiano de la vida nos sorprenden sucesos, personas, acontecimiento, sensaciones que son “extra-ordinarias”, salen de lo común. Muy comúnmente exclamamos: “que raro”, seguimos de largo, y aceleramos el paso. Pero algunos, en algún momento, nos vemos poseídos por la curiosidad y el espíritu investigativo, y nos acercamos a esos acontecimientos, y en ellos Dios se dirige a nosotros, nos llama por nuestro nombre: “¡Moisés, Moisés!”, y nosotros, ya envueltos en el asunto, decimos: “Heme aquí”.

  1. Dios presenta credenciales

En esos eventos extra-ordinarios, Dios se nos identifica, se nos identifica subrayando su presencia y familiaridad en nuestra historia: “Yo soy el Dios de tu padre…”, Dios se identifica y se nos muestra, ya no queda duda que es Él quien nos está llamando. Nosotros, como Moisés, solemos “cubrirnos el rostro”, porque la presencia de Dios a veces nos asusta (¡¿En qué me metí?!)

  1. Anuncia el objetivo de su llamado, un “para qué”.

“He visto la aflicción de mi pueblo… He escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarlos de la mano de los explotadores y llevarlos a un lugar mejor. Su Clamor ha llegado hasta mí, he visto la opresión con la que los afligen” . Dios marca agenda, se nos presenta como un Dios preocupado por la injusticia, por el sufrimiento de su pueblo. No es un Dios impasible, indiferente. Está decidido a actuar. Exclamamos entusiasmados: ¡Ese es Dios!, ¡Hay justicia!, ¡Dios va a actuar!. Luego, viene un contundente: Y, por eso te envío. Ahí está el punto, “Para eso te envío”, sale la invitación directa, su plan de acción me incluye. Así pues, todo llamado es “para”, el llamado tiene horizonte, y éste nos incluye. Ese “para” no es para mí, es un “para los demás”; el llamado es centrífugo, nos descentra, nos envía, nos hace salir del propio querer e interés, nos aleja la mirada del ombligo.

  1. ¿Yo?, ¡Pero con qué! (caso extremo: ¿por qué yo?)

Cuando nos sentimos convocados, llamados a una acción de tal envergadura, pues viene una realista auto-mirada que no hace exclamar: ¿Yo?, ¿así? ¿pero cómo?, ¿a quién se le ocurre?, tal cómo exclama Moisés: “¿Quién soy yo para ir al Faraón y sacar a los israelitas de Egipto?”.   Esta auto-evaluación es muy importante, pues mirar la limitación propia nos hace comprender que el proyecto, el llamado, la misión, no será asunto mío(yo sólo contra el mundo) sino un proyecto de colaboración, una sociedad con Dios que implicará sentirnos confiados, escuchar con claridad la promesa: “Yo estaré contigo”. (Yo te daré con qué). Sin la certeza de que somos colaboradores, será muy complicado decir SI.

  1. Discernir los medios ¿cómo, cuándo y dónde?

Una vez dicho el SI, comienza la empresa de discernir los medios, comienza la ejecución de aquello a lo que hemos sido llamados y llamadas. Y con ello viene una vida intensa de sorpresas, crisis, aventuras, etc. Pero contamos con la garantía de que Dios, el autor del proyecto está de mi lado, qué Dios me ha invitado a una misión ya antes encomendada al Hijo: Anunciar e instaurar el Reino de Dios.

      Así he experimentado mi llamado, la curiosidad me llevó a asomarme a lo extra-ordinario, ahí encontré a Dios, éste me llamó por mi nombre. No para mí mismo, ni para mi propio camino de santidad y salvación, sino para ir y servir, para sumarme al proyecto de Reino como compañero de su Hijo, en esta su mínima Compañía de Jesús.

A lo largo de los años, como jesuita y como sacerdote, el camino ha estado lleno de rostros, amigos, lugares y momentos, que me llevan a exclamar un mayúsculo GRACIAS por tanto bien recibido. AMDG

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@hernan_quezada

Los políticos ante los millennials.

En muchas latitudes del mundo, estamos viviendo las carreras electorales de políticos. En México enfrentaremos en un mes la jornada electoral para elegir gobernador en el Estado de Mexico que conforma buena parte de la zona metropolitana de la Ciudad de México y es un bastión político importante para el partido gobernante en el país:…

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Los jóvenes, riqueza necesitada de transformación

Hace unos días el Papa Francisco convocó a un nuevo sínodo, esta vez con el tema: Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Para ello se elaboró un documento de preparación al sínodo que plantea: “Cómo acompañar a los jóvenes para que reconozcan y acojan la llamada al amor y a la vida en plenitud,…

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La presencia en «Silencio».

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Silencio, la nueva película de Scorsese sobre los cristianos perseguidos en Japón y los misioneros jesuitas, nos planta fuera de la frontera de lo común.

Con una increíble belleza cinematográfica Silencio nos coloca ante el desafío moral del martirio y la responsabilidad con la vida de los otros. Comúnmente asociamos el martirio a dar la vida en el sentido de morir por la fe. Silencio nos presenta un modo de martirio que quizás resulta más cruel que el morir, es un suplicio que se prolongará a lo largo de toda la vida. Me parece para muchos de nosotros podría ser más desafiante: la muerte de «ego«, la muerte del Yo, que la muerte del cuerpo. Se trata de un sacrificio que busca la vida de los otros aceptando la condena de vivir sumergido en el silencio, en la negación del yo, en la pérdida de la «buena fama», en la incomprensión.

Rodrigues, el misionero jesuita protagonista de esta película, reclama el «silencio de Dios», parece ser que Dios calla. Este reclamo será respondido en la trama de la película, de tal modo que nos deja claro que el silencio no es ausencia, pues en el silencio podemos descubrir una presencia solidaria, encarnada, cercana y respetuosa, más intensa que la que podría darse en el ruido y en el juego de palabras. ¿Estaba Dios presente en el sufrimiento de los cristianos perseguidos? ¿Estaba Dios presente en la decisión de Rodrigues?

¿Son las palabras y los gestos los únicos modos de expresar lo que tenemos en el corazón? Parece que no, parece ser que nuestros gestos, nuestras palabras podrían ir en un sentido totalmente no correspondiente a lo que queremos y amamos, y eso, podría ser en sí la expresión más coherente del amor y de nuestra fe.

Finalmente, según yo, podremos vernos reflejados con mucha nitidez en el personaje Kichijiro, un personaje que desespera con su debilidad y enternece con su búsqueda. Un personaje que no es valiente, pero si es persistente en medio de su cobardía. Es en él en dónde se manifiesta el amor de Dios y  obtendrá el personaje lo que sólo por gracia se puede recibir.

Sin duda, hay que ver «Silencio» sin palomitas y  sin esperar diversión. Hay que ir a ver «Silencio» dispuestos a experimentar el silencio y a descubrir la presencia de Dios, del amor, de la fe en una intensa experiencia contemplativa y sensorial que nos presenta Scorsese en su película.

#Silencio #Silence #Scorsese