El pesebre no huele bien…

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Parece ser que una de las tendencias de los seres humanos es la de “maquillar la realidad”, o hacer de lo complicado fantasía de cuento de hadas. Así pasa con el “nacimiento”, el nacimiento de nuestro Dios con Nosotros. A lo largo de la historia, el nacimiento de Jesús, ha venido embelleciéndose de tal manera que cuando lo representamos en nuestra mente, sobre abundan rasgos de escenografía que parecen representar el nacimiento de un “rey terrenal” y no de Jesús de Nazaret. Luces, borregos estilizados, ángeles que descienden de lo alto, pastores con rostros angelicales y vestimentas graciosas, estrellas brillantes, y un pesebre, un pesebre elegante, magistral, gracioso, que nos emula aromas finos y exóticos.

Imaginar una realidad de “nacimiento”, puede complicarnos comprender internamente la profundidad del acontecimiento. Jesús nació en medio de la pobreza, nació no sólo puesto fuera, sino un tanto perseguido. Jesús nació en un país ocupado, y por tanto en un pueblo entristecido y humillado,  nació entre la incomprensión y la insolidaridad de posaderos, entre la complicidad turbia de autoridades religiosas y civiles, nació en medio del silencio y la desesperanza. Jesús nació en un establo, y los establos no huelen bien, el pesebre no huele nada bien, humores viscosos y rancios. Vacas flacas y borregos esquilados habrán estado cerca de Jesús, María y José.

Hoy, ¿En dónde nacería Jesús?, posiblemente de nuevo en un país ocupado, en la miseria; quizás sería hijo de migrantes, de esos perseguidos, de esos encerrados en campos de refugiados a los que se les niega el acceso a un Estado. Jesús nacería entre corrupción, complicidades, ¿Qué haría de pesebre? ¿En dónde sería recostado? Seguro el “pesebre” tampoco olería nada bien.

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Foto: Jesuitas de España.

Y si pienso mi corazón como pesebre, sin duda hay partes de él que consideraría muy dignas para hacer de “pesebre”, pero si Jesús ha de elegir, creo que elegiría esas partes de mi corazón que no “huelen” bien, esas mezquinas, frías, oscuras, complicadas.

¿Por qué Jesús ha decidido encarnarse y optar por nacer en tales realidades? Por que el Hijo ha querido hacerse hombre en el contexto de un plan de redención, sí, de un plan que busca redimir aquello mísero, aquello mezquino, aquello en lo que falta redención. La redención que arranca con la encarnación no se impone, se coloca, se coloca como niño frágil en medio de la precariedad, en medio de malos olores. La redención comienza sostenida, vulnerable pero cuidada, es una presencia que provoca la ternura de los violentos, la felicidad de los que sufren, la acción de los poco útiles, el cuidado de los que tienen miedo, la solidaridad de los pobres, los cantos de los sin voz, el renuevo de lo seco. Así comienza la redención, sumando, transformando  la mirada y el sentido de las cosas, el pesebre se convierte en cuna, la oscuridad se convierte en luz.

No busquemos en esta navidad querer ofrecer una cuna de oro en nuestro corazón para que repose el Salvador, ofrezcamos con esperanza, hasta un tanto temerosa, el pesebre, ese de nuestro corazón, pesebre que parece oscuro, seco, que seguro no huele bien. Quizás con este deseo de ser cuna del Salvador, baste para que surja el milagro. Será gracia, sólo gracia. Recordemos que es Él quien quiere encarnarse ahí, es Él quién nos llama a hacer lo mismo, encarnarnos, ser presencia en los pesebres actuales, esos que no huelen bien.

¡Feliz Navidad!

@hernan_quezada

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