En los últimos 10 años mi acción apostólica ha estado ligada a la juventud, la promoción vocacional y al prenoviciado de los jesuitas en México. Desde esta encomienda he estado con aquellos y aquellas que compartía esta misión de trabajo con jóvenes y vocaciones.

A lo largo de estos años, ha sido recurrente escuchar sobre la “crisis de vocaciones¿Cuántos? ¿Qué vamos a hacer ante la disminución? ¿Hay futuro para esta vocación? (vida religiosa y sacerdocio).

La Compañía de Jesús en México de algún modo parecíamos muy poco afectados por el problema (concerniente a los números), ante la pregunta: ¿Tienen vocaciones?, solía responder -sí, gracias a Dios tenemos vocaciones. Esto de algún modo es así, cada año siguen llegando cientos de jóvenes con inquietud vocacional o inquietud de conocer quiénes somos y qué hacemos los jesuitas. Pero el número de los que se vuelven jesuitas y se mantienen jesuitas ha decrecido.

¿Crisis de vocaciones? 

Hablar de una crisis de vocaciones debido al número de éstas, me parece un referente erróneo.  Sin embargo, sí creo que hay una crisis, pero una crisis de vocación, y con ello me refiero a la consistencia de ésta, al contenido, al fondo, al modo de expresarse y mostrarse. Pero también me refiero a las características del sujeto que se dispone a vivir tal o cal vocación.  Es un asunto más cualitativo que cuantitativo.

Tenemos que reconocer, que la disminución en números tiene su impacto, pero no creo que sea tan fundamental como el de la crisis de la vocación.

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Las y los jóvenes siguen buscando, en esta búsqueda sienten “inquietud” por conocer qué es la vida religiosa o vida consagrada. Los referentes de otros estados de vida suelen ser más accesibles a su conocimiento que éste, el nuestro no tanto, por ello investigan y nos contactan a través de las redes sociales y el internet.

Buscar es propio de la juventud, y en sus búsquedas van tratando de hacer conscientes sus deseos. Los jóvenes desean, siempre seguirán deseando, su búsqueda tiene que ver con elegir cómo, cuándo y dónde realizarán estos deseos.

La inquietud vocacional queda enmarcada, desde mi punto de vista, en esta búsqueda de los grandes deseos, o podríamos decir del deseo más profundo; de este modo hay siempre jóvenes buscando, y creo que Dios siempre está llamando a éstos jóvenes a través de sus deseos más profundos a plenificar la vida, no sólo la propia, sino la de toda la creación.

Acompañar la inquietud vocacional consiste en acompañar a la juventud en sus preguntas vocacionales: ¿Quién soy? ¿qué quiero? ¿a dónde voy y a qué?, en este sentido en los últimos años he sido testigo de un aumento de jóvenes presentes en las ofertas que hacemos para acompañar estas preguntas: Ejercicios Espirituales, Voluntariado, Mochilazo Jesuita, etc. Creo que ven en nosotros a sujetos confiables para acompañar sus búsquedas. Aunque también es cierto, que cada vez son más los jóvenes para los que la Iglesia no es un referente de diálogo y confianza.

Pero, qué pasa cuándo afirmo que el número de jóvenes preguntándose está en aumento, pero el número de jóvenes eligiendo está disminuyendo. Quiero subrayar que cuando digo eligiendo, me refiero a elegir cualquier vocación, estado de vida o proyecto de vida trascendente y permanente.

Por lo anterior me atrevo a subrayar que para mi existe una crisis, más que de “vocaciones” de vocación. Una crisis en ellos (los jóvenes) y en nosotros (sacerdotes, religiosos, casados, laicos comprometidos) , en lo que respecta a elegir y mantener la elección.

Crisis de vocación

He dicho que las y los jóvenes están buscando, pero hoy como nunca antes, tienen muchas “opciones” (cosas entre qué elegir) y ello les coloca en una dificultad para elegir y elegir bien.

Dificultad para elegir y mantener la elección (la crisis de ellos)

La aparentes opciones (cosas, personas, proyectos, experiencias, etc) sobre-abundan en el mundo. Los jóvenes quieren hacer buenas elecciones y sienten la necesidad de conocer las opciones, pero conocer las TANTAS opciones, les coloca en una carrera desenfrenada contra reloj y la elección se posterga. Hay tanto entre qué elegir que los primeros 20 años de vida ya no alcanzan, ahora se requieren 30, 35, 40 y más años para conocer y reconocer las opciones, para elegir.

Elegir es un desafío constituido desde mi punto de vista en dos factores: necesidad de certeza y miedo a la renuncia. Parece ser que tenemos un pánico a equivocarnos más que nunca, quizás el contexto precario (trabajo, oportunidades, etc) en que vive la juventud actual les hace desear no equivocarse. Pero ¿cómo podemos garantizar las elecciones? ¿cómo tener certezas? La necesidad de certeza se expresa en acariciar una y otra vez las opciones, volver y volver a cada una de éstas buscando cerciorarse con todos los aspectos posibles a considerarse en la elección.

Elegir implica renunciar, y renunciar suena hoy muy mal. Elegir esto y no aquello parece poner a temblar a los jóvenes. Escuchar detrás de sí que la puerta que se ha cruzado se cierra, parece un sonido terrorífico. Ante este pánico suele ponerse el píe detrás, para que la puerta no se cierre, pero con ello se queda muy limitado para avanzar.

También me viene a la mente la idea del bloque de mármol que puede ser cualquier cosa, una vez que el escultor ha dado el primer golpe con su cincel, ya no será todo, sólo será algo. Hay miedo a dejar de ser, a renunciar a tantas opciones, sin embargo se corre el riesgo de poder ser todo y no ser finalmente nada mas que un bloque amorfo.

Hay sin duda los atrevidos que eligen, pero pareciera que la tentación de regresar a la posibilidad del “todo” o regresar a acariciar “las renuncias”, aparecen con gran intensidad a lo largo de la vida en cualquier vocación. Ya soy esto o aquello, pero por qué no habría de intentar ser algo que ya había dejado atrás, o a retomar algo a lo que ya había renunciado. ¿Qué nos hace mantener nuestras elecciones?

La consistencia es lo que nos permite permanecer, ¿Podemos ser consistentes en este mundo tan líquido? Necesitamos siempre beber del pozo de la consistencia, un pozo que está alimentado por nuestra propia historia y la historia de los que amamos y están cerca de nosotros. Nuestra consistencia la absorbemos de lo que es consistente, necesitamos de ayudas firmes para sostenernos cuando las corrientes líquidas parecen arrastrarnos.

Un cristianismo consistente, firme (no rígido) es fundamental para mantener la vocación cristiana en cualquier expresión. Lo mismo es demandado de nuestra espiritualidad, necesitamos una vida espiritual sólida (no rígida).

Evidenciar y alimentar el “pozo de lo consistente” del cuál beberán los jóvenes toda su vida es una tarea de nuestro acompañamiento vocacional. Fortalecer la valentía para dar pasos sin miedo lo logramos mostrando lo sólido de nuestra propia vocación.

La crisis de la vocación nuestra.

¿Qué nos hace religiosos? ¿Qué nos hace consistentes? ¿En qué consiste lo sólido de nuestra vocación? ¿Por qué NO da lo mismo ser religiosa, religioso, sacerdote que un buen laico comprometido?

En no pocas ocasiones, jóvenes con inquietud vocacional me han interpelado: ¿Qué de distinto tiene la vocación religiosa de las otras vocaciones? A los ojos de los jóvenes podemos parecer trabajadores muy ocupados, empresarios exitosos, activistas sociales, dispensadores de atención y servicios, solteros que comparten casa. No tiene nada malo la lista anterior, pero qué nos hace ser lo que somos.  Sí no expresamos con claridad lo consistente de nuestra vocación, de nuestro cristianismo, no seremos atractivos para la juventud. 

Ser o parecer

Muchas veces me he sentido orgulloso de “no parecer padre”. ¿Por qué me asusta parecerlo?  La imagen de “ser padre” parece ligarse con una personalidad rígida, retraída, “rara”, un poco “simpaticona” que raya en lo cursi o infantil, se entiende como algo de “fuera de este mundo” (¿marciano?). Sin duda,  yo no quiero luego entonces “parecer padre”, pero ante los ojos de los jóvenes puedo llegar a pasar demasiado desapercibido en mi identidad de religioso si no expreso lo que sí me constituye.

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No quiero ni siquiera acercarme a proponer como solución, para mostrar quiénes somos y qué somos, el camino de la rigidez o la vuelta de pomposidades obsoletas (a mis ojos).  No se trata de parecer, sino de mostrar lo sólido de nuestra vocación.

Pero vuelvo a la pregunta complicada: ¿Qué nos hace religiosos? ¿En qué radica nuestra consistencia de vocación? Hay respuestas, sin duda que tenemos respuestas, no dudo que hay consistencia vocacional, pero ¿cómo la expresamos?

Los jóvenes de hoy miran, se dejan impactar por lo que ven, por lo que escuchan, pero más que nada, exigen  que lo que ven y escuchan coincida con lo que encuentran en nuestra vida, la coherencia es un signo claro de consistencia.

Considero urgente que reflexionemos y objetivemos lo más sólido de nuestra vocación, y cómo es que lo expresamos. Es urgente también reconocer las incongruencias y lo que podemos estar proyectando a la juventud aún sin darnos cuenta, para bien o para mal.

No vamos a atraer jóvenes desde comunidades poco hospitalarias, desde agendas apretadas que impiden que seamos gente dispuesta a escuchar. No despertaremos curiosidad con nuestra vida aparentemente poco austera.

La vida religiosa o el sacerdocio no es lo mismo, ni puede proyectarse ni vivirse igual que en el siglo XVI, ni como se vivió en los inicios del siglo XX. Pero tampoco puede vivirse y transmitirse como en los 70s y los 90s. Nuestro modo en lo profundo subsiste, pero la expresión de esa dimensión más profunda y consistente me atrevo a aseverar que está en crisis. ¿Cómo somos religiosos, religiosas y sacerdotes en el siglo XXI? Los jóvenes no esperan vernos como ellos ni como a sus padres, buscan encontrar en nosotros algo diferente, propio y consistente.

Creo que la vida religiosa (y cualquier vocación cristiana) en el siglo XXI no irá a caballo, con vítores y multitudes. Será tiempo de ir a píe, en silencio, en grupos menos abundantes, pero con paso firme. Quien se siente atraído sin descubrirse llamado, “primereado”, llevado por Jesús, no se sostendrá en su vocación.  

Es quizás tiempo de librarnos del miedo a los números y el sueño de la gloria mundana. Nada más peligroso que creer que la crisis radica en el número de vocaciones, eso nos puede llevar a querer retener o fabricar “vocaciones”, eso sería catastrófico para nuestra vocación y para la Iglesia.

Alcanzo a intuir que la vocación religiosa si pierde libertad pierde sentido, pierde atractivo.  Centrarnos en rescatarnos, en seguir haciendo lo mismo con menos activos es un veneno letal. Difundir un discurso resignado ante nuestra ya “poca pertinencia” y prepararnos para ser menos y hacer menos no atraerá a ningún joven ni hoy ni en el futuro.

Tampoco funciona un discurso triunfalista e ingenuo que intente no reconocer o minimizar la crisis que vivimos.

Reconocer la crisis de vocación (religiosa, sacerdotal y toda vocación cristiana) no tiene que desanimarnos, sino motivarnos a orar, reflexionar y actuar confiados en Dios, pero haciéndonos cargo de este desafío.

La “crisis de vocación” puede llevarnos a reconocer la vida y las obras que miles de religiosos, religiosas, sacerdotes, matrimonios, laicos comprometidos ofrendan en pro de la misión de Dios.

Las crisis posibilitan, hacer como que no pasa nada o llenarnos de miedo sería el fin para la vocación, que yo intuyo Dios quiere,  pero quizás ya no así. Será tiempo de mirar el campo, recoger (compartir) el trigo y tirar al fuego la cizaña.

@hernan_quezada

 

 

 

 

6 comentarios en “Crisis de vocaciones, crisis de vocación

  1. Una reflexión llena de sabiduría a través de la experiencia, con visión, profética al hoy y al futuro de la “crisis vocacional” diríamos que vivimos una “metamorfosis vocacional” hay que tener un criterio amplio para saborear el resultado.

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  2. Estimado Hernán, gracias por tu reflexión. Como profesora y consagrada en el medio de los universitarios/as veo que es fundamental que la elección implica una renuncia y vivimos en un sociedad que queremos todo…gracias porque me aporta tu reflexión y la voy a trabajar en mi clase de ética…Nos vimos en Bogotá y en San Leopoldo.

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    1. Estimada Ana, gracias por tus letras. Gran gusto leerte!! Estaré encantado de saber la opinión de tus alumnos. Acompañar a elegir es toda una tarea. Hoy es más fácil querer elegir por los jóvenes que enseñarles el camino del discernimiento. ¡Un abrazo!

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  3. Estimado Hernán:
    Soy una mujer consagrada joven, y estoy de acuerdo con lo que dices, abono a tu reflexión la “crisis de respuesta” que creo que tiene que ver con la crisis de vocación y la realidad de un mundo líquido como lo mencionas. Parece que al joven de hoy, le cuesta comprometerse para toda la vida.

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    1. Querida Mariana, hoy nos cuesta el compromiso. Dudamos que mantenernos en lo que hemos elegido sea un camino que nos dará felicidad y trascendencia. A buscar nuevos modos de ser y estar en la realidad acorde a nuestra realidad y el deseo de Dios. Un abrazo y gracias por leerme!!

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